Los hijos del Llastay

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HABLAMOS ya de 61 en una ocasi6n. Dijimos que en grande extensi6n andina es el duefio y tutor de las aves del cielo y de las bestias de la tierra, en lo ancho de los campos y en lo alto de los cerros; que quienes lo han visto—muy pocos—aseguran que se parece al duende: petizo, de ojillos suaves y terribles—de paloma y de halc6n—, con un sombrerote aludo y ojotas que son como alas de sus pies cuando corre por los cerros y los m6danos; que tiene una flauta de h6mero de c6ndor, y cuando en una de esas 16cidas mafianitas serranas se pone a flautear, chillan de contento los pAjaros, carcajea la chufia, alg6n c6ndor ladea la calva testa escuchando, tal cual guanaco relincha con jAbilo de plata.

Dijimos tambi6n que a pesar de ser guardiAn de ]a fauna silvestre, no es enemigo de todos los cazadores. Al contrario, para el buen cazador, que respeta las crias y las hembras paridas o prefiadas y los nidos; para el buen cazador que suele propiciarlo dejAndole en una piedra un ptifiado de coca o haciendo en su honor una libaci6n de aguardiente, o s6lo invocAndolo con palabras gratas, el Llastay es, de modo magnifico, amigo leal y servicial. Una licbre que salta ahi cerca, un quirquincho que trota casi a! alcance de la mano, prueban a veces su fAcil buena voluntad. Pero, guay, que asi suele ser tambi6n, con quien lo ofendi6, de maligno y de terco. Ya podrA ise andarse por campos y cerros, las horas y las horas, y los dias con stis noches, y agotar el avio de sus alforjas y el agua de sus chifles, y rendir sus perros v su cabalgadura: en vano.

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