Lenguaje y mundo en la poesía de Luis Franco

JORGE TULA TRAVERSO

Por Jorge Tula

La poesía de Franco, en particular la contenida en el libro “Suma”, de 1938, condensa significados que permiten deducir una visión de mundo totalizadora y sacralizante, la que tiende puentes hacia la que tenían los griegos en el Siglo V a.C.

Mediante la palabra, el poeta transfiere una visión simbólica de la realidad no como lo hacen las ciencias y la filosofía, sino que el acto estético se asienta en una zona preverbal configurada por las imágenes y los símbolos, de cuyo suelo se alimentan las raíces de la experiencia creadora.

La concepción del mundo que subyace en toda obra literaria deviene de un “conocer” teñido de una visión mítico-simbólica del mundo en la que razón e intuición interactúan.

En Luis Franco es posible desentrañar una particular proposición del mundo y de la existencia, desde un enfoque humanista y espiritual del hombre y del lenguaje cercano a la hermenéutica.

Franco, en su poesía, encarna las fuerzas primordiales, míticas, de la naturaleza, y en su espalda carga la condición del hombre universal.
Su visión humanizadora del mundo, sin embargo, es aquella que comenzó con la filosofía jónica, en el siglo V a.C.

Nacido en Belén el 15 de noviembre de 1898 y fallecido en Buenos Aires el 1 de junio de 1988, asume en su canto el compromiso de toda la humanidad en su lucha por alcanzar una existencia en armonía con el cosmos y consigo misma.
Paralelamente, es un poeta místico por su visión sacralizante de la existencia, al modo griego.

No obstante, se mantuvo siempre apartado rigurosamente de toda escuela literaria, puesto que su compromiso es fundamentalmente con la verdad y la belleza, a la última de las cuales la considera no un ornamento, sino que persigue aquella que “denuncia la profundidad del ser”.

Y a la vez que coincide con Goethe en que “el objeto de la poesía no es lo poético sino lo real”, su lírica se convierte en “revelación, conocimiento”.

La poética del conocimiento

El poeta es un obsesionado por la fascinación de la vida total y por ello el lenguaje poético es pleno y simbolizante. Intuición y especulación, sensibilidad y afectividad son los aspectos que transfiere por su capacidad de “plurisignificar”.
El arte proporciona un conocimiento mucho más rico que el de las ciencias.
En Franco es visible la cercanía entre conocimiento y creación estética, aunque su manifestación aparezca sumida en la semipenumbra del sueño o el inconsciente:

Dirigimos el mundo como los peces el río.
Vamos a caballo sobre lo incomprensible.
En la cantidad e intensidad de nuestra alma, ¡oh nocturna!
nuestra jornada viviente lleva el signo menos.
(Suma, 5)

El poeta catamarqueño es consciente, por otra parte, de que lo poético va más allá de su función estética básica. Para él, la belleza tiene una dimensión ontológica profunda:

La belleza (es) la primera realidad del mundo, algo que denuncia, no que encubre, la profundidad del ser.

(Poesía y destino, prólogo a Constelación)
La contemplación panteísta de la vida en su perpetuo fluir y metamorfosis alcanza, en el poeta de Belén, la hondura y la intensidad de una experiencia casi mística, al tiempo que la intuición se ve potenciada sensiblemente:

Aquí estoy con el espanto y el encanto del que siente abrírsele un sentido nuevo.
(Suma, 10)

La noche, en Franco, simboliza el inconsciente y el momento en el que se diluyen las fronteras entre la realidad inmediata y lo eterno, y el poeta es consciente de que el conocimiento proviene de la “penumbra”:

La noche destila una enorme y huraña sabiduría.
(Suma, 20)

La noche, en el sistema semántico franqueano, posee igual valor que la muerte: fertilidad, virtualidad, y sirve como pasaje a la vida. Para él, la vida y la muerte son las “divinas gemelas” y ambas cierran el ciclo total de la existencia.

El conocimiento como paradoja

El conocimiento simbólico es en esencia paradójico y se articula según lo que Mircea Eliade denomina coincidentia oppositorum: la percepción simbólica del universo opera mediante la unidad polar de lo opuesto y aun de lo contradictorio.
Luis Franco no teme la fragmentación del ser, considerada negativa desde el Platonismo, para el cual el Uno se identifica con el Creador, mientras que la multiplicidad expresa el alejamiento de él.

En Jung, desde el punto de vista psicológico, la multiplicidad tiene carácter regresivo y se emparenta con la fragmentación propia del subconsciente. Pero para el poeta, dar testimonio de la multiplicidad de lo Único es asumirla en un esfuerzo integrador:

Hay la hermosura profunda de las formas;
hay el ubicuo misterio que mira con ojos de cabra;
hay la ciencia que regresa turbia de infinitud;
hay la industria que agrega nuevos usos al telar del mundo;
hay la lucha de los rebeldes contra la herencia;
hay bajo la delgada piel la insondable hondura de la sangre;
hay la Naturaleza que elabora la adormidera y la cantárida;
hay todo eso y mucho más;
pero sólo logran sentido si la total armonía los une.
(Suma, 14)

El mundo como significado

Luis Franco avizora proféticamente en uno de sus poemas que el “mundo de las significaciones vivientes está sin traducirse”. El poeta, en un esfuerzo de metaescritura, intuye un nuevo significado más allá de los límites sígnicos-lingüísticos de sus poemas.

Toda la obra de este autor está teñida de un fuerte antropocentrismo, por lo cual “hombre” se convierte en palabra-clave.

Para el poeta, el hombre actúa como un enclave de la trascendencia, idea que involucra lo cósmico y lo eterno, realidades ambas que actúan en la materia y la tornan multidimensional:

A través del cuerpo humano pasan
los árboles, las aguas, las grandes bestias, el cielo y las arenas,
las sustancias y los moldes anteriores.
(Suma, 11)

(El artículo fue publicado en el suplemento de Cultura de El Ancasti, Catamarca, el domingo 29 de abril de 2011.)

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