La hembra humana

LIBRO LA HEMBRA HUMANAINSONDABLE DESNUDEZ

LHH 1 EDICION 

Al Dr. René Favaloro
maestro y amigo
este libro dedica
L. F.

En el principio fue el sexo
y también en el fin lo será.
A. Goldenweiser

Capítulo I

MONARQUÍA UNIVERSAL DEL SEXO

Seguir considerando al hombre como la corona de la evolución orgánica total, y no de la clase de los mamíferos, y lo que es más, tenerlo por “el rey de la creación”, es seguir prestando oído a las patrañas sublimes de la teología.

El hombre no es ningún monarca y menos con gotas de sangre divina en la suya o resuello celeste en sus bofes: es un mero miembro de esa república democrática que es la Naturaleza, superior a los animales en algunos aspectos, e inferior a muchos en otros.

“El hombre –dice un desprejuiciado observador de hoy, es decir, sin lagañas idealistas ni místicas- es un metazoario, o sea un animal pluricelular diferenciado, como la esponja, el rotífero o el anélido. Pertenece a la serie de los artiozoarios (cabeza, vientre, dorso, simetría bilateral), a la rama de los vertebrados (esqueleto interno), a la clase de los mamíferos, a la subclase de los placentarios, al grupo de los primates, no lejos de los quirópteros y de los roedores”.

¿Comporta eso una mengua? No, sino lo contrario, como no lo fue para Leonardo el haber comenzado como hijo de una campesina anónima, ni para Lincoln como hijo de un leñador. El viejo Darwin lo sintió así, pese a que tal vez nunca eliminó del todo la infección puritana: “Puede excusarse al hombre de sentir orgullo de haberse elevado, aunque no sea por su propio esfuerzo, a la cima verdadera de la escala orgánica; y el hecho de haberse elevado desde el lugar en que fuera colocado inicialmente puede hacerle confiar en un destino aun más alto, en un porvenir remoto”.

Hablar del amor humano prescindiendo de la fenomenología sexual de la Naturaleza, es como hablar de un árbol prescindiendo de sus raíces y del suelo que las nutre.

El amor humano es una entre las innumerables formas del instinto universal de reproducción. Cuanto más se profundiza en el hombre y en la Naturaleza, tanto más se evidencia su parentesco, no sólo de sangre, sino de espíritu.

La evolución natural es verdad indiscutible. Lo discutible son las jerarquías y finalidades, al menos tales como el hombre quiere verlas. ¿Acaso la abeja, un mero insecto, es menos inteligente que muchas especies de peces, a veces mamíferos? ¿Acaso muchos mamíferos no son inferiores a ciertas aves? ¿Estamos seguros que los castores y las focas no sean más sensatos que los espiritistas y los neotomistas? ¿Que frente al animal es un ser racional y libre? No exageremos: el hombre es un ser densamente instintivo y tenuemente racional, y su libertad, en el fondo, consiste casi siempre en saber elegir entre dos imperativos.

Si el fin último y sagrado de la vida humana –como de la zoológica- es el mantenimiento y expansión de la vida sobre la tierra, no debe extrañarnos que el amor sea la vorágine en torno a la cual giran todos los actos de la especie.
Delegado inconsciente de su propia especie, el hombre, como toda criatura, aspira no sólo a vivir, sino a sobrevivir: a reproducirse. “Entre todos los actos posibles –dice R. de Gourmont-, dentro de las posibilidades que nosotros podemos imaginar o conocer, el acto sexual es el más importante. Sin él la vida se detendría, aunque es absurdo imaginar su ausencia, pues en tal caso sería el pensamiento mismo el que desaparecería”.

El designio fundamental de la vida es renovarse, remozarse en esa fuente de Juvencia que es el sexo. La potencia del sexo es la potencia de la voluntad de perdurar del Ser. El fin último de la vida es comenzar de nuevo: el sexo es su Sésamo, ábrete.

A ojos vistas el amor está hecho mucho más para la especie que para el individuo. En muchos insectos –la abeja solitaria, por ejemplo- el ayuntamiento genésico sigue sin hiato al nacimiento, es decir, la cuna sirve de lecho nupcial. En la mariposa llamada palingenia, la hembra es fecundada en estado de ninfa, es decir, desova y muere sin alcanzar a ver la luz.

Las formas orgánicas más primarias y simples, son seres unicelulares. Entre los animales, los protozoarios, como las células, se reproducen por segmentación, esporos o yemas, como las plantas. ¿Reproducción asexuada? No del todo. Es verdad que no hay órganos ni elementos sexuales, pero ya la insinuación sexual está. Es decir, hay un fenómeno de conjunción, una unión de células –con la regeneración nuclear que comporta- que prefigura y anticipa la fecundación verdadera. “El protozoario –dice F. W. Gamble- no es meramente una unidad que se basta a sí misma y se duplica a sí misma. En el curso de estas encarnaciones, el protozoario inicial se convierte en una célula macho o en una célula hembra, incapaz de seguir viviendo si no se le da acceso a un compañero complementario. Cada individuo accidental, no es una célula única, sino doble, una estrella melliza”.

 

DESCARGAR

1 Comment

  • Responder junio 1, 2014

    Pedro Romero

    Podemos decir muchas cosas, pero sabemos todos que el hombre ES el Rey de la creación, en el mundo conocido. Resta conocer el propósito de este ser creado en esta creación. Descubrir la hermosura de existir, es una salida, pero hay mas que eso, hay destino para el hombre. Felicidades y buenos contactos entre los hombres.

Leave a Reply